Narrativa

De Domingo para Lunes


                                                                                                                                                                       La ficción es y será mi única realidad…

Héroes del Silencio

Un sueño extraño me ha despertado y ya no puedo volver a dormir. Son las tres de la mañana y tengo frío. Desde todos los rincones de mi cuarto pequeños montículos de ropa limpia -sobre la otomana- y sucia -en el piso- saludan el caos de papeles, cuadernos, CDs, libros y revistas que rodea mi cama. Probablemente la mirada reflexiva de un poeta muerto desde la contratapa de sus obras completas en algo tiene que ver con mi insomnio.
El silencio nunca es absoluto, pero su presencia está agobiantemente cerca, quebrada sutilmente por los esporádicos vehículos que ruedan por la avenida. El frío es un intruso que lame mis pies con podófilo deleite y me estremece las tripas. Por algunos de los callejones de mi mente, Alexander y Jean-Phillippe caminan por Santo Domingo hablando de Kierkegaard y Kant y un ensayo sobre el surrealismo que escribió Aldo Pellegrini, con una botella de Brugal a media asta, fumando y pasando de los dibujos de Alex Grey y Escher (que bella es la noche de Santo Domingo, diría Jean-Phillippe, que chulo estar en esta banca de parque hablando de esto contigo) a los cuentos de Borges y de Djuna Barnes. Podrían pasar toda la noche fumando, hablando y bebiendo si no es porque llego yo, con mis sandalias de plataforma y mi pequeño vestido rojo cayendome tan ligeramente por la piel acaramelada que la brisilla de abril me recorre el cuerpo entero sin que éste se de cuenta.

Jean-Phillippe murmura algo como mon dieu, tu es belle ce soir! mientras me siento en su regazo. Le doy un beso cuyo gusto etílico me inspira a tomar un trago. Alexander se aclara la garganta, y fingiendo enfado dice que a el nadie lo saluda, a lo que yo digo ‘tese quieto, cuñao, que lo suyo viene, y le doy un beso en la mejilla, o mejor dicho toco su barbilla levemente con la mía, para no dejar carmin sobre su biel blanquísima. Sus ojos centellean una sonrisa y con un gesto un tanto vanidoso se aparta el pelo de la cara antes de destapar la botella y darse otro trago (yo, en un momento de debilidad lamento que no sea de él que me he enamorado, solo por susurrarle al oído aquel poema de Nervo: «Por tus ojos verdes yo me perdería…»). Tu as écrit quelque chose aujourd”hui? le digo a Jean-Phillippe al sentir su mano apretanto ligeramente mi talle. Un Chapitre, le troisiéme, me dice lleno de orgullo y entonces yo lo miro atónita ¿Un capítulo entero? le digo con los ojos muy abiertos, entonces él me explica que le pasó lo de siempre, estaba como poseído por ese algo que lo arrebataba en frenética epifanía y le hacía escribir la noche entera, cinco, ocho, diez horas hasta agotar el filón de palabras recién descubierto y caer despues, extenuedo y feliz como quien durante ese tiempo hubiese estado haciendo el amor con la literatura misma. Entonces comprendí el extraño encargo del día anterior, me había pedido un rollo (no una resma, no: un rollo) de papel de cualquier tipo, de no más de 8’ y 1/2 de ancho, ¿cómo no me di cuenta? casi oigo el sonido seco, a velocidad de metralla de los tipos golpeando el papel en medio de la noche y me lo imaginé en su habitación del hotel Mercure, con las cortinas descorridas, escribiendo y fumando febrilmente, fuera de si, tecleteando como un condenado en la máquina de escribir y el papel ya mecanografiado corriendo sin prisa a volver a enroscarse sobre sí mismo.

Su máquina de escribir es una Olympia que encontró en un basurero de Nantes en 1997, en perfectas condiciones y que desde entonces nunca había abandonado. La primera vez que la ví le pregunté si la había robado de un museo. Ptssss bufó Alexander, ¿no sabías que Monsieur Hemingway aquí escribe a maquinilla? el muy excéntrico, ¡por eso es que nunca compartimos habitacion! Jean-Phillippe, en silencio, se limitó a guardarla en su estuche de viaje y a ponerla sobre la mesa de noche, junto a la cama. ¡¡¡En pleno siglo XXI!!! agregó Alexander, buscando en mí una cómplice para las burlas que le hacía a su amigo a propósito de esta peculiaridad. ¿Qué importa? yo escribo a mano, dije y el me miró como si acabara de llegar de Neptuno. Con esa máquina había escrito sus cuatro novelas y estaba escribiendo la quinta, era raro, si, pero sus rarezas son precisamente lo que me encanta de él.

On y va? me susurra él a oído, la voz levemente enronquecida por el ron y los cigarros (la compañía de su amigo hace que fume demasiado) yo digo que sí acariciando su pelo castaño, sintiendo que es cada vez más dificil ocultar el miedo en mi voz. Abandonamos a Alexander en la banca, sonriendo nos dice adiós pero se le nota algo que no sé decir si es tristeza o hastío, en fin, algo que no es bueno.Luego nos vamos al hotel.

La luz de la luna se cuela por la ventana y desde la cama veo las siluetas de dibuja el humo de nuestros cigarrillos y que no tardan en disolverse o huir a los rincones oscuros del cuarto. Hemos hecho el amor y el miedo se me ha vuelto tristeza. Jean-Phillippe y yo hemos hecho el amor casi todos los días desde que nos conocimos, hace dos semanas. No podía creer, al acercarme para que autografiara mi ejemplar de su novela más famosa, que él a su vez sostenía el único libro que he publicado y que me reconoció por la foto de la solapa, como yo a él. Nos gustamos de inmediato, a pesar de su timidez. Cuando quise saber la razón de su visita a Santo Domingo, justo ahora que acababa de ganar un prestigiosísimo premio de novela dijo que fue justamente esa una de las mayores razones. Entre las clases en l’Université de Paris (soy catedratico allá) y las entrevistas, las invitaciones a las actividades y conferencias me iba a volver loco, así que imagínate como me puse cuando me enteré que estaba invitado (que es un eufemismo, mas bien debí decir obigado) a pronunciar un discurso en la Academia Francesa un día antes de volar un congreso en Canadá…c’était trop!!!! tuve un… comment est-ce qu’on dit?
un ataque de nervios?
Mas bien un colapso nervioso. Alexander (que es mi único amigo) se preocupó mucho y me llevó a ver al doctor… me recetaron tomar vacaciones de TODO.
Pero estás escribiendo….
No puedo evitarlo.
El tiene el pelo castaño hasta los hombros y la piel quemada por el sol. Está leyendo dos libros al mismo tiempo y trabajando en su quinta novela. Cuando sonríe la esquinita de los ojos se le arruga levemente. Lo quiero. Podemos durar horas y horas hablando de libros y de música y de películas… cuando estoy con él no quiero que el tiempo pase. No quiero que se vaya nunca, no quiero irme nunca de su lado. Estoy enamorada de él. Por eso me siento tan triste, con una certeza de esas que apuñalan por dentro, por eso tengo miedo, por eso fumo en silencio junto a él en esta oscura habitación del hotel Mercure, con miedo de hacerle la pregunta, con mi mano pequeña en la suya, sin mirarlo.
¿Qué te pasa? estás muy callada.
¿Cuándo se acaban tus vacaciones?
Mi propia voz me duele tanto que casi me estremezco y ya no sé si he dicho las palabras o las sigo pensando como tantas veces en este día, en esta noche. El extiende su brazo sobre mi cuerpo desnudo para apagar en cigarrillo en la cenicera de la mesa. Respira muy hondo o suspira, y ese suspiro es para mi una derrota.
Mira: Alexander tiene (no se como ni por qué) muy buenas conexiones con la gente de Hollande, y con el cambio de gobierno en francia…
Jean-Phillippe, ¿cuándo te vas? ¡dímelo de una vez!
El segundo antes de que me responda parece una eternidad.
No me voy. Seré agregado cultural de la Embajada francesa aquí.
Enciendo la luz para verle. Sonríe. Habla en serio y no me lo puedo creer.
Kali, yo te amo y no quiero dejarte. Quiero quedarme contigo, vivir contigo, viajar contigo, no quiero que nos separemos nunca… La dulzura de sus ojos grises me hipnotiza. Al cerrar los míos dos lágrimas escapan, las que antes eran de angustiosa incertidumbre, son ahora de felicidad inenarrable. Nos besamos. Nos besamos como quienes no se han visto en mucho tiempo.

Mi madre me llama a las once de la noche, signo inequívoco de que debo volver a casa. Al salir al pasillo vemos a Alexander abriendo la puerta de su habitación y no puedo más que abrazarlo y darle las gracias una y otra vez. Para eso son los amigos, dice mirando a Jean-Phillippe por encima de mi hombro, sonriendo también.

Durante el camino a mi casa, mientras conduce su carro alquilado por Las Mercedes, Jean-Phillippe me escucha hablar incesantemente sobre lo buen amigo que es Alexander. Es un ángel, lo digo y lo repito, no sólo me ayudó a conseguir el empleo perfecto en la empresa de la amiga suya, sino que mira lo que ha hecho para que te quedes conmigo, ¡en vez de pedir un puesto para él!.
Si, el es así de generoso, ¿ya ves por que todo el mundo lo quiere?
Si, ya veo, digo yo, pensando en todo lo que vamos a cormaprtir, en todas la cosas maravillosas que viviré junto a este hombre que quiero, -mi novelista, mi querido Jean-Phillippe-, presa de un bienestar embriagante y lo miro encender un cigarrillo mientras gira a la derecha por la 30 de Marzo para tomar la 27 de Febrero.

Kali, el café se t’enfría, me dice la voz de mi hermano del otro lado de la puerta. Yo me destapo los ojos y salgo del ensueño mientras la sensación de bienestar se desvanece como los efectos de una droga barata. Ya son las 7:03 de la mañana y a la derecha de mi cama el sol entra por el ventanal encegueciéndome. A la izquierda, desde el librero, la extraña expresión facial de Enriqullo Sánchez, desde la contratapa de su libro, me vuelve a inquietar un poco. Me paro de la cama y lo volteo. La portada tampoco me gusta tanto. Muchaha ¡¿¡¿y cuándo es que tú vas a lavar esa ropa, a recoger este desorden, a arreglar este cuarto?!?! me dice, desesperada, mi madre cuando entra a llevarme los clasificados para que busque empleo. Mientras pruebo el café maldigo (igual que todos los días) el momento en que me sacan de mis fantasías.

Nunca se lo he dicho a nadie, no vayan a creer que ya ya sucedido, pero secretamente desearía enlistarme en las filas de la locura, vivir dentro de mi mente hasta que muera, de espaldas al mundo; irme a París con Jean-Phillippe o a cualquier otro sitio con cualquier otro hombre, Anywhere out of this Wolrd, como dijo Baudelaire. Si existe Dios y no es Balzac, debería concederme este deseo de convertir la ficción en mi única realidad.

Isis Aquino
14052012

__________________________________________________________________________

A pesar de ser mós conocida como poeta, también escribo cuentos.  Este es uno de ellos, el cual mereció el2do lugar en el Certamen Nacional para Talleristas (2011) , organizado por el Ministerio de Cultura de la República Dominicana.

La pandemia

Cuando Randy llegó a casa, estaba la gatita blanca dormida sobre sus obras selectas del Marqués de Sade. «Cool», pensó, «esto se está convirtiendo en una anáfora». Sacó una bolsa de comida para gatos de su bulto y puso un poco en un plato, en el suelo. En esos tiempos Justina (así la había bautizado por su afición a dormir sobre Sade) era su única compañía verdadera. Las mañanas luminosas en la oficina se convertían en tardes monótonas y luego en noches calurosas en las que acababa en el balcón del pequeño apartamento releyendo a Pedro Salinas con desgano o corrigiendo-eliminando textos del que algún día sería su propio libro de poemas.  Todo lo demás eran conversaciones vacías, superficiales, con los compañeros de trabajo; consideraciones sobre el grado de dificultad que le supondría conseguir los favores sexuales de alguna de las muchachas que conocía en cualquier sitio. Intentaba olvidar el hecho de que todos sus amigos habían emigrado o casado, tenido hijos, o simplemente distanciado de esa manera natural y poco dolorosa en que la gente se distancia sin motivos.

«Tal vez yo también debería casarme» pensó sonriendo burlona y tristemente ante la idea, recordando a Suri, una amiga de esas que ya nunca veía más que en fotos por internet -a pesar de vivir en la misma ciudad- y que había estado infatuada con el hacia algunos años. En realidad no tenia profundos sentimientos hacia ella, pero tener un plan b ante la soledad siempre es reconfortante.

Sacó sus manuscritos al balcón, donde habían amanecido sus diccionarios de la RAE y el ejemplar del mes de una revista española de literatura, que nunca leía por completo. La calle debajo de su cuarto piso estaba demasiado solitaria, incluso para ser martes. Ahora que había recordado a Suri y su risa imprudente, los tacones de aguja que a veces usaba sin saber completamente como caminar con ellos y su torpeza casi tierna que le exasperaba a ratos, no podía dejar de pensar en ella. En una ocasión, antes de que Randy cumpliera los treinta años, ella lo miró y de manera casi infantil le preguntó si sabía porqué le gustaba. El, sin mucho ánimo de saber, la complació finigiendo curiosidad. Ella le sonrió con sus ojos grandes e iluminados «Pos, porque eres un verdadero nihilista», le dijo, yéndose con paso tranquilo. A él le pareció una estupidez inmensa todo aquello y se preguntó si la muchacha sabría a cabalidad lo que acababa de decir. Con este recuerdo tras sus ojos cerrados, Randy se durmió en el balcón sin mirar sus manuscritos.

Ya en la mañana había olvidado a Suri nuevamente, por completo.

Al llegar a casa aquella tarde, miró instintivamente hacia la izquierda. La gata había cazado un lagartijo asquerosamente verde y su cadáver yacía entre Pushkin y un disco de Patxi, junto a Sade, en el escritorio que ya nunca usaba. Cuando buscó a Justina con su mirada por la sala del apartamento sus ojos chocaron vertiginosamente con lo que en principio pensó que era un espejismo: había una desconocida sentada en el sillón y no la vió hasta ese momento.

-Hasta que por fin llegas, tengo media hora esperándote -dijo su melíflua voz desde el sillón, y al parecer notando la atónita mirada de Randy, añadió- ¡No puedo creer que no hayas cambiado la cerradura en una década!

-Disculpe, joven- porque era joven, o quizás no tanto, pero su belleza meritaba el gentil tratamiento. -¿Nos conocemos?

-Andrés- prorrumpió ella, incorporándose. Randy notó que sostenía un libro grueso en la mano. -No me digas que no te acuerdas de mí…

Ella empezó a hablar enfáticamente de cuanto había cambiado el lugar desde su última visita hacia ya mucho tiempo y él le dijo tímidamente que no se llamaba Andrés. Pero ya la charla de la mujer se había desviado hacia el libro que sostenía (el primero que tomó del librero) y cuyas primeras páginas no terminaba de entender. Randy, olvidando momentáneamente su ignorancia sobre la identidad de su interlocutora, inició una arenga de por qué el inicio de «Terra Nostra» era considerado uno de los mejores inicios de novela en la literatura contemporánea, que terminó en dos tragos de whiskey y una micro conferencia sobre el milenarismo y la circularidad del tiempo en las novelas de Carlos Fuentes. Ella escuchaba atentamente, con disciplina de alumna de escuela de monjas.

-¿Cómo te llamas, criatura?- preguntó el luego de servir el tercer trago y resultó que su nombre era Cecilia. -¿Ya estás convencida de que no soy Andrés?-

Ella no había dejado de mirarle la cara ni un momento, sin embargo, y tras unas excusas sobre problemas visuales y el parecido de Randy con su amigo, terminó por admitir sin mucho convencimiento que sin haber confundido el domicilio, se había ciertamente equivocado de inquilino.

-Y él vivía aquí, tengo llave…-dijo apenada.

Tras unas pocas preguntas, Randy descubrió que Cecilia y Andrés no habían hablado en mucho tiempo y que una serie de infortunios laborales y sentimentales habían empujado a la desamparada mujer a mirar hacia el pasado. Empezó así a buscar refugio en antiguas amistades, a visitar gente, a llamar a los que aun conservaban los mismos números telefónicos, a ver si así encontraba la llave de algún olvidado festín, en el cual tal vez recobraría el apetito por la vida. Cecilia trataba de esta forma retroceder hasta el punto en que su vida no se había adentrado aun en el caos y el vacío: antes de estudiar una carrera sabiendo a ciencia cierta que esta no era su vocación, o antes de volverse tan cínica ante la vida o de buscar evasión en parejas fugaces, hombres desechables que nada sentían por ella, hacia los cuales nada sentía.

Randy era ahora quien escuchaba atento. Se veía fatalmente reflejado en el espejo de la ahora quebradiza voz de la hermosa desconocida: a la deriva de los días y los años, sin sentir, sin importarle mucho ninguna cosa; en un empleo que no odiaba, pero que tampoco le brindaba ninguna satisfacción; cargando un rosario de meses sin verdadero contacto humano, sin pareja, sin amigos, rodeado de libros y palabras sin hallar a quien decirlas.

¿Cuantas personas en el mundo no estarán también en esta viciosa espiral de abulia y desinterés -Pensó.- Viviendo desapasionadamente, resignados? La soledad es la pandemia de este siglo, ciertamente. Matando en silencio a toda una generación de corazones atrofiados, víctimas del distanciamiento, huérfanos de amor, desamparado de emociones. Somos ruedas dentadas en en un inmenso engranaje de oferta y demanda, de sueldo y consumo y renta y gasolina que no le deja tiempo a nadie de detenerse a sentir… a pensar…

-Por Dios, Cecilia ¡que vidas tenemos!

Ella asintió agachando la mirada. Por un momento pensó que rompería a llorar. Se disculpó nuevamente por haber entrado en su casa y se despidió de el, entregándole la llave.

-Siéntete libre de visitarme cuando gustes. Si vuelves, te leeré uno de mis poemas.

Ella le respondió con una sonrisa, y se fué.

Aquella noche Randy descompuso la mitad de su apartamento buscando sus agendas de años pasados. Encontró en una de ellas el numero telefónico de Suri, y la llamó.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s